lunes, 25 de mayo de 2009

El otro día nadé con un ciego;
lo vi colgar del borde en lo hondo,
la cara casi contra el azulejo, y nadar luego
lento...lento...

Golpeaba el agua con los brazos juntos
pateaba poco y sacaba la cabeza
sólo cuando estaba por ahogarse, parecía.

A pesar de lo ampuloso de su estilo,
la convivencia en el andarivel fue buena,
lo cual, hay que decirlo,
no siempre sucede en las piletas.

Aunque yo nada aprendí de la experiencia,
lo cierto es que este hombre sigue hoy
agarrado del borde en mi cabeza
y esta permanencia
debe querer decir alguna cosa
que yo no estoy pudiendo
poner en palabras.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

un ciego es algo impresionante de ver. eso de poder mirar sin que nos miren mirando es raro también, da pudor, no? otra cosa es la impresión en la mente, su imagen persistente.